El
presidente santos y la corte constitucional explico que el documento sobre los
puntos del acuerdo de paz deben ser
traducidos para las personas con discapacidad y el diferente idioma a
español y de la misma forma el presidente realizara una sola pregunta en la que
se les indagara a los colombianos si están de acuerdo o no con lo pactado en cuba entre la frac y el
gobierno la corte determinó que el resultado del plebiscito tanto para el sí y él
no es de carácter vinculante únicamente para el presidente santos desde que iniciaron por el acuerdo entre el gobierno y las frac en el 2012 y el mandatario
colombiano a insistió a que no abra
punto final de las negociaciones sin consultar a los colombianos y pues ya hace
poco el presidente santos hizo público a los acuerdos de paz éntrela
negociación entre el gobierno y las frac
y ya finalmente disponible el documento y costa
de 297 paginas
Pocos procesos de paz en el mundo han tenido su razón de ser en
las víctimas del conflicto, como el que está a punto de sellarse entre el
Gobierno y las Frac, según varios expertos internacionales. Y aunque
muchas de ellas dicen haber perdonado a sus victimarios, otras prefieren vivir
su duelo antes de hacerlo.
Desde que comenzó la
negociación, las dos partes dejaron claro que uno de los principales puntos de
referencia sería la reparación a las víctimas. Prueba de ello es la inclusión
en el Acuerdo Final de todo un capítulo sobre el tema.
si el cronograma se mantiene y la
firma del fin del conflicto se da en marzo del próximo año, los colombianos
serán convocados a las urnas durante el primer semestre del 2016 para que
refrenden o rechacen los acuerdos de paz que se logren con las Frac.
Luego de varios análisis y
discusiones en torno a diferentes alternativas, a las cuales no fue ajena la
mesa de negociación de La Habana, el Gobierno optó por apoyar una reforma de la
figura del plebiscito, que, a juicio del Ejecutivo, hace más flexibles sus
parámetros y, por lo tanto, la puesta en marcha.
Esta figura está dentro de los
mecanismos de participación ciudadana que contempla la Constitución de 1991,
pero tal y como está concebida se requeriría de por lo menos 16,8 millones de
votos para conseguir el efecto refrendario.
Aunque durante los últimos meses el
Gobierno estuvo estudiando otras alternativas, esta semana oficializó su
intención de apoyar –con mensaje de urgencia– las modificaciones del mecanismo del
plebiscito planteado en un proyecto de ley estatutaria radicado en el Congreso
por el partido de ‘la U’.
La guerrilla, desde el inicio del
proceso, ha defendido la Asamblea Nacional Constituyente, con la cual ha
coincidido –salvo algunas diferencias– el ex presidente Álvaro Uribe, pero a la
que el Gobierno del presidente Juan Manuel Santos se ha opuesto.
Para socializarles a los negociadores
de las Frac el contenido de la reforma del plebiscito, una delegación de
congresistas viajó a Cuba la semana pasada. Aunque es tan solo un primer
acercamiento, los mismos legisladores aseguraron no haber encontrado un
ambiente abiertamente hostil sobre el tema.
La campaña del plebiscito quedará
inmersa en un agudo conflicto entre el SI y el No por la paz, la democracia
ampliada y la apertura democrática.
Serán cinco meses, después de que se
firme el Acuerdo final de paz, de intensa agitación y confrontación con los
promotores de la guerra y la violencia, hasta que se realicen las votaciones
que convoque el Consejo Nacional Electoral.
La disputa entre el SI y el No en el
Plebiscito por la paz, es el reflejo del conflicto político en que se mueve el
proceso de paz con las Frac.
El SI a la paz es la defensa de cada
uno de los consensos alcanzados en la Mesa de diálogos para poner fin al
conflicto armado.
El NO representa el rechazo a la paz y
una postura absurda que asume la violencia y el ultraje como práctica política
consuetudinaria.
Mal puede plantearse un ficticio
postconflicto desconociendo el potencial del conflicto y la controversia.
En la campaña plebiscitaria, que debe
darse una vez se firme un Acuerdo final, que aún tiene muchos temas pendientes
por lo que la fecha de las votaciones no se ve tan cercana, asumiremos la
noción de campo de conflicto como el lugar en que se dirime la disputa por el
poder y donde se constituyen los sujetos comprometidos con la paz.
La apertura democrática que ha
conquistado la resistencia agraria y popular representada en las Frac, en las
conversaciones de paz y la democracia ampliada que se ha diseñado busca la
profundización del campo de la política, la consolidación de los derechos civiles
y la construcción de ciudadanía por medio de innovaciones en la relación entre
Estado y sociedad, así como una (re)politización de los conflictos y su
(re)significación en el campo político, al mismo tiempo establecer sus
limitaciones que residen en la naturaleza limitada y fragmentaria de tal
articulación.
La verdad es que, en la convocatoria y
realización del Plebiscito, la política y la lucha por el poder involucran una
disputa sobre el conjunto de significaciones culturales, y el cuestionamiento a
las prácticas dominantes relacionadas tanto con los universos simbólicos como
con la redistribución de los recursos.
Remite a la constitución de elementos
para (re)pensar el campo político nacional y a una nueva gramática social capaz
de cambiar las relaciones de clase, género, de raza, de etnia y la apropiación
privada de los recursos públicos.
Los múltiples sujetos alternativos que
están emergiendo con la paz se conforman en el campo político como movimientos
sociales contestatarios, anclados en la exclusión, la opresión y la
marginación, y con la tarea de de construir el orden vigente y generar uno
nuevo en el ciclo que está en curso. En principio son personeros de reivindicaciones
particulares y diferenciadas pero pasan a interpelar a actores colectivos
afines que pueden devenir en una situación estratégica o en su caso en un
momento constitutivo que es el destino inexorable del Plebiscito, en la medida
en que se supere el dogmatismo y el oportunismo de ciertas fichas.
Así, pues, el conflicto aparece no sólo
como un elemento indispensable de la vida social (por la presencia inevitable
del antagonismo) sino que puede tener un aspecto funcional y positivo. El
conflicto es, en este sentido, una forma de socialización, ya que es una forma
de relación que evita el dualismo, la separación. La unidad nunca es armónica,
siempre presenta elementos de oposición y de vinculación, de atracción y de
repulsión, según la experiencia histórica.
En esta reflexión, a propósito del
Plebiscito, identificamos el concepto de campo de conflicto como operador
metodológico.
En primer lugar, para discernir entre
los conflictos de carácter estructural o hegemónico que implican situaciones de
crisis estatal y conllevan la posibilidad de una transformación de las
relaciones de poder, de aquellos corporativos o meramente coyunturales cuyo
impacto y alcances son limitados, y no afectan a la estructura del poder.
En segundo lugar, porque el campo de
conflicto constituye sujetos, en episodios de conflictividad los sujetos se
agregan, articulan, construyen discursos, pueden cambiar la cualidad y el
alcance de la acción colectiva, en tanto que en situaciones históricas en que
no existe conflictividad o ésta se reduce a cuestiones puntuales, los sujetos
colectivos tienden a inhibirse e incluso a desaparecer. Ello permite abordar a
los movimientos sociales y políticos en su multiplicidad y variabilidad, en sus
desplazamientos entre los diversos ámbitos del sistema y del campo político;
por eso su identidad no es una esencia sino el resultado de intercambios,
negociaciones, decisiones y conflictos entre los diversos actores inmersos en
la dinámica política de la apertura democrática y la concreción del plebiscito.
En esos términos, metodológicamente
existe la necesidad de desplazarse del ámbito político–institucional y ubicarse
en el espacio de las relaciones, articulaciones y tránsitos entre Estado y
sociedad civil, donde se dirime la disputa entre los proyectos hegemónicos,
cambiando el enfoque de la democracia, tradicionalmente situada en el análisis
del sistema político y sus relaciones.
En este ámbito así definido, el recurso
fundamental que circula en el sistema social es el de la información. Reducimos
la incertidumbre produciendo informaciones y nuestras decisiones modifican
continuamente aquellas informaciones disponibles. Es lo que realza la pedagogía
de paz y la creación de un sistema de información más abierto, que trascienda
la maquinaria conservadora de los medios de comunicación instalados por las
elites dominantes, tanto a nivel nacional como regional.
Colombia, una sociedad compleja
Avanzando más en esta reflexión, hay
que decir que Colombia es hoy, en la actual transición, una sociedad moderna,
compleja, no ajena al conflicto.
Pero hay que agregar, recogiendo a Bellucci
, que se trata de conflictos sociales emergentes en la sociedad compleja, que
son conflictos sociales discontinuos, en relación con la tradición de la
sociedad capitalista industrial.
Se trata de conflictos, plantea,
cuyo núcleo se centra en los recursos de información [2], en la manera en que
los recursos se producen, se distribuyen para los sujetos y en cómo el poder y
el control se ejercen en la sociedad.
En esos conflictos, se oponen, por un
lado, grupos sociales que reivindican la autonomía de su capacidad de producir
el sentido para su actuación, para su identidad, para su proyecto de vida, para
sus decisiones, y por el otro, aparatos siempre más neutros, siempre más
impersonales, que distribuyen códigos de lenguaje, códigos de la forma de
organización del conocimiento que son impuestos a los individuos y a los
grupos, que organizan su comportamiento, sus preferencias y su modo de pensar,
propone Bellucci en el texto citado. Entonces esos conflictos son los que por
su naturaleza tienen características poco comparables con la tradición de los
conflictos característicos de la sociedad industrial, por una razón muy
evidente: los conflictos de la sociedad industrial son los que se desarrollan
en el ámbito de categorías sociales que son categorías definidas por su
colocación en la estructura productiva.
Los conflictos de ciudadanía y
democracia
En los casos de conflictos de
ciudadanía y democracia, como los que presenciamos hoy, con ocasión de la paz y
el Plebiscito, los actores se definen a partir de categorías sociales por su
relación con el Estado y con un sistema político, y se miden en un grado de
inclusión/exclusión respecto a este sistema de referencia.
En primer lugar, los actores son
categorías sociales. En segundo lugar, la acción tiene siempre como
contrapartida un sujeto históricamente bien identificado, ya sea que se trata
de la clase dominante, contrapuesta, o del Estado con el cual el actor
interactúa para obtener la inclusión. Las formas de acción también tienden a
modificar las relaciones de fuerza de estos sujetos contrapuestos, pues al
disminuirse el poder de la otra clase, se conquista un control mayor sobre los
medios de producción, de la vida y el poder político. Cuando se adquiere
ciudadanía y derechos civiles, se amplía el espacio que el Estado pone a
disposición de ciertas categorías sociales.
Las formas de acción son de masas que
tienden a modificar la correlación de fuerzas del sistema social, es la tesis
del autor citado.
Las características de los conflictos
de democracia
Los conflictos de los cuales estamos
hablando, sostiene Melucci, presentan características muy diversas.
Primero, los actores son
individuos o grupos que se caracterizan por disponer de cierta cantidad de
recursos de autonomía. Son aquellos actores investidos con la información
intensa de la sociedad, porque poseen esa capacidad de autonomía. Al mismo
tiempo, son quienes están sometidos más indirectamente a los procesos de
manipulación de las motivaciones del sentido. En primer lugar, esos sujetos no
se identifican sólo porque pertenecen a una categoría social, sino también por
su oposición al sistema, en cuanta red informativa. Al hacer un análisis
empírico se establecen vínculos y se pueden reintroducir categorías
sociológicas de reconocimiento y de identificación. Pero desde el punto de
vista de los actores, son potencialmente individuos, porque cada uno dentro de
un sistema complejo debe funcionar de este modo. Potencialmente los actores son
individuos, entonces nos encontramos en una situación paradójica, en la que el
conflicto social tiene como actores a los individuos, dice Bellucci.
En segundo lugar, al contrario,
aquellos a quienes se oponen son siempre más bien aparatos neutros,
impersonales, legitimados comúnmente por la racionalidad científica, la
racionalidad técnica. Las categorías sociales en juego son más difíciles de
reconocer de modo sistemático y estable porque todos, en cierto sentido y, en
algunas de nuestras funciones sociales, somos detentadores de un poder y
modelamos los códigos con los cuales el conocimiento se distribuye. Los
interlocutores, en contrapartida, no son estables, no son categorías
identificables sociológicamente de modo muy permanente pues es mucho más
difícil simbolizar a los interlocutores del conflicto.
En fin, las formas de acción que
vuelven explícitos estos conflictos son formas de acción diferentes de aquellas
de la sociedad industrial, porque el conflicto se manifiesta cada vez que un
código dominante es cuestionado, en este caso la exclusión y la violencia.
El problema que se plantea aquí es
naturalmente muy delicado, porque si la característica de discontinuidad de los
conflictos contemporáneos se tomara seriamente como hipótesis de lectura de
algunos conflictos que han surgido en nuestra sociedad, el problema que se
vuelve inmediatamente importante es: ¿cómo se articulan esos conflictos con el
resto de la sociedad social, en la cual continúan existiendo conflictos con el
resto de la realidad social, en la cual continúan existiendo conflictos de tipo
más tradicional, en donde permanecen continuos los procesos de exclusión de
categorías sociales y de grupos, los procesos de acceso a los recursos mínimos
de supervivencia, no favoreciendo el acceso al derecho fundamental de la
ciudadanía?, se pregunta Bellucci.
Cuestionar el código de manipulación
La eficacia de la acción política en
estas circunstancias consiste en el cuestionamiento del código en su naturaleza
de instrumento de manipulación. En una situación donde el poder se ejerce sobre
los códigos es suficiente que éstos se vuelvan públicos: como en la famosa
fábula del “Rey”, cuando el niño dice que el “rey está desnudo”, esto es
suficiente para hacer caer al poder.
Cuando el código que estaba implícito
se vuelve público, puede ser modificado, apropiado por otros, redistribuido de
otras formas.
Mediante las reglas normales del juego,
como las que se instalaran por los núcleos del poder con ocasión del plebiscito
y las que demandaran los grupos emergentes, de las cuales nosotros muchas veces
ni nos damos cuenta, se afirman formas de poder, de control, de dominio que
reeducan la autonomía de los sujetos y vinculan sus decisiones, etcétera.
Códigos y espacio público
La visibilidad de los conflictos en
torno a los códigos que organizan la vida, sostiene Bellucci, el pensamiento y
afecto de las personas, depende del espacio público disponible. Como el terreno
sociológico en el cual el conflicto se forma es aquel de la experiencia
cotidiana de las personas, su visibilidad social depende de la disponibilidad
de un espacio público, en el cual esos procesos pueden volverse visibles para
todos.
La democracia es la presencia de un
espacio público garantizado por reglas y por derechos. Es una condición
fundamental para que estos conflictos puedan surgir.
La eficacia de estos conflictos, está
en el hecho de que surjan y, en el momento en que aparecen, ya lograron su
objetivo. Cuando se vuelven visibles, está realizada su función. De aquí en
adelante se plantea un problema de institucionalización, un problema de
transformación de estas cuestiones en políticas sociales, políticas de género,
estrategias de convivencia, políticas ambientales, políticas de salud, de
igualdad, esferas en las que se traducen las cuestiones conflictivas en sí
mismas en la forma de decisiones políticas. Estas naturalmente no agotan nunca
los conflictos sino que los organizan en formas tratables, pues el conflicto
está destinado a reaparecer en cualquier otra parte, porque la cuestión de
género, las de violencia o la cuestión ambiental no se resuelven con políticas
de igualdad o de cuotas, con acuerdos de paz de papel o con la política
ambiental. Asimismo, no se eliminan por definición, porque el problema que está
en juego es sistémico y seguirá manifestándose en un sistema complejo de otra
manera. Las relaciones entre hombres y mujeres, las de convivencia o las
diferencias culturales son problemas permanentes en un sistema complejo.
Conclusión
Concluyendo, sugiere Bellucci, la
perspectiva que se introduce con este esquema de análisis, renuncia a la idea
de una solución final de los conflictos, de llegar a una especie de punto en el
cual la sociedad se vuelve completamente transparente a sí misma, reflejándose
perfectamente en sus relaciones.
Ese ha sido un gran mito de la sociedad
industrial.
Lo que debemos esperar es una sociedad
plagada de conflictos, en las cuales éstos se volverán parte vital del tejido
social en condiciones que les permitan moverse dentro de sistemas que
garanticen las reglas del juego, que les impidan transformarse en violencia y
en disolución del sistema social.
Esa la naturaleza del conflicto
planteado por la disputa entre el SI y el No en el Plebiscito.
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